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CUANDO EL TERROR NO ES CUENTO

La leyenda se mezcla con la realidad dos siglos después en el Parque Pereyra Iraola. Conocé la historia del mítico parque, en dónde esta semana detuvieron a dos jóvenes por perseguir a los que andaban en bicicleta

Araceli creció escuchando las aterradoras historias del parque Pereyra Iraola; pero es joven, valiente y además está apurada.

El ruido de la cadena y las hojas secas se interrumpe con una voz que, ya lo intuye, no será amigable: ¡»Dame la bici»!

La cámara que había colocado en el manubrio graba todo: imágenes y sonidos. El miedo en primera persona.

Así persiguieron a los jóvenes que andaban en bicicleta por el Parque Pereyra Iraola.

Un siglo antes y no muy lejos del lugar, la leyenda cuenta que mucho peor le fue a la hija de cinco años de Pereyra Iraola, director de la Sociedad Rural y uno de los terratenientes más ricos de la Argentina.

A pesar de que había entregado la fortuna que le exigían los secuestradores de la nena, uno de los delincuentes se bajó del caballo y la degolló.

En medio del dolor más profundo, su padre decidió construir un altar para albergar a una imagen de la Virgen María en oro que desapareció tiempo después.

Araceli no tiene tiempo para pensar ni evaluar posibles consecuencias. La indignación le gana a la prudencia y la chance de perder la bicicleta que tanto le costó dispara la reacción: ¡»Tomatelás»! es lo último que dice antes de acelerar con todas sus fuerzas. En plena carrera contra el peligro escuchará el disparo que podría haberla matado.

La leyenda también cuenta que la gruta vacía de la virgen robada servía como castigo para los cadetes de la escuela de policía Juan Vucetich. Aquellos que desafiaban a la autoridad de los instructores debían hacer guardia durante toda la noche en el sitio que muchos ya consideraban maldito. Algunos se desmayaban y despertaban agobiados, otros sufrían ataques de nervios y los más afortunados escapaban corriendo. Todos coincidían en afirmar que los había espantado la imagen de una nena vestida de blanco que caminaba llorando entre los árboles.

Araceli no viste de blanco y ni siquiera tiene tiempo para llorar. Con sus piernas al borde del calambre, llega al final del camino y se encuentra con Sergio, que todavía tiene su casco pero ya no tiene su bicicleta.
Mucho peor que a Sergio le fue a Sofía, la chica de 17 años que en agosto de 2012 desapareció misteriosamente en la zona del Árbol de Cristal. Nunca volvieron a verla, pero su bicicleta apareció meses después colgada de las ramas.

Como sea, aquella frase de que la realidad suele superar a la ficción, en nuestro país se materializa con alarmante frecuencia.

El video que grabó Araceli es mucho más aterrador que «El proyecto Blair Witch» y los fantasmas del Parque Pereyra Iraola parecen chiste al lado de los cazadores de carne y hueso que atacan sin tanto misterio y dispuestos a todo.

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