
La sombra del túnel de «El Chapo» Guzmán sobrevoló por unos instantes los pasillos de la cárcel de Piñero en Santa Fe. Durante una requisa de rutina en los baños de los patios externos, los guardiacárceles se chocaron con una imagen de película: un socavón de 70 centímetros, excavado con precisión artesanal al lado de un inodoro.
El plan de fuga estaba en marcha, pero una requisa logró desactivar la bomba antes de que el agujero se convirtiera en una vía libre hacia la calle para los delincuentes más peligrosos de esa provincia.
Mientras las autoridades clausuraban el sector y lanzaban una investigación interna para determinar quiénes fueron los «topos» detrás del pozo, en el aire quedó flotando una certeza: el endurecimiento de las condiciones de encierro está empujando a los capos narcos a medidas desesperadas.
PESADOS

Es que en esos pabellones de «Alto Perfil» la lista de huéspedes parece un «quién es quién» del crimen organizado rosarino.
Allí purgan condena —o esperan juicio— figuras de la talla de Ariel «Guille» Cantero, el líder de Los Monos, quien a pesar de sus múltiples traslados siempre mantiene sus hilos conectados a Piñero, y Esteban Lindor Alvarado, el histórico rival de la banda de Las Flores, que ya ha protagonizado intentos de fuga cinematográficos en helicóptero.
Junto a ellos, el penal alberga a las segundas y terceras líneas que hoy se disputan el territorio a sangre y fuego: sicarios de la banda de «Lucho» Cantero y gatilleros vinculados a las nuevas células de Fran Riquelme, el ladero de Alvarado en la zona oeste de Rosario.
Para estos perfiles, el socavón de 70 centímetros no era solo un pozo, sino la última esperanza de recuperar la libertad que los inhibidores de señal y las requisas diarias les vienen arrebatando.

